miércoles, 9 de mayo de 2012

Señoritos, jornaleros y la Virgen del Rocío

                 El periodista Chaves Nogales retrató como nadie la Andalucía de la II República.

Cuando el semanario francés Voila publicó en su portada un reportaje sobre la Semana Santa de Sevilla en la primavera de 1936, el ambiente en algunos puntos de Andalucía era prerrevolucionario. En ese clima de desigualdades y tensiones el periodista Manuel Chaves Nogales reflejó la religiosidad popular andaluza en un texto -recuperado por la editorial Almuzara dentro de la recopilación Andalucía roja y la Blanca Paloma y otros reportajes de la República- ilustrado por el fotógrafo Robert Capa en uno de sus primeros trabajos en España.

En realidad, el texto de Chaves Nogales había sido publicado un año antes en el periódico Ahora, diario para el que escribía sus crónicas, casi todas ellas de temática social y fiel reflejo de los problemas que acechaban a la Andalucía de la II República. Uno de los grandes temas que abordó el escritor y periodista sevillano fue la conflictividad que había en el sector agrario. Bajo el título de Con los braceros del campo andaluz, Chaves Nogales publicó las conversaciones que mantuvo con los terratenientes y jornaleros en las que desmitifica el mito del 'señorito'.

En esta serie de artículos, Chaves Nogales señalaba que el señoritismo, los campos incultos, la usura y el latifundio eran “los cuatro puntos cardinales de la literatura demagógica” que se hacía al hablar del campo andaluz. Las largas jornadas que pasó de sol a sol junto a los campesinos le ayudaron a desmontar tópicos tales como que la lucha de clases era más feroz en el campo que en la ciudad. “Donde no hay señoritos los braceros estaban condenados a perecer de miseria. Se puede decir que el jornalero prefería el señorío feudal antes que el moderno explotador industrial”.

Uno de estos ejemplos se dio en Valdemaqueda, donde la casa ducal de Medinaceli cedió la explotación de unos pinares a una empresa industrial resinera. El resultado no pudo ser peor: el pueblo pereció de hambre. Sin embargo, cuando esas mismas tierras las explotaba el 'señorito' este sabía que tenía que darle trabajo a los hombres del pueblo, por eso les dejaba carbonear en el monte o que pastasen allí sus cabras. Como la nueva explotación industrial no tenía el compromiso de hacer este tipo de concesiones, el pueblo quedaba lleno de miseria.

Si había algo que temiera de verdad un terrateniente eran las épocas de vacas flacas. La confesión de uno de ellos a Chaves Nogales era demoledora: “no hay en toda Andalucía quien no sienta como un castigo del cielo el tener un cortijo. Los que no nos hemos ido ya es porque no podemos”. Y es que según señalaba el periodista, muchos de los trabajadores del campo estaban manipulados por los tres o cuatro mantras marxistas de la época “aunque en el fondo todos envidian al señorito, todos querían ser como él”.

Lo que más impresionó a Chaves Nogales de aquella experiencia rural fue que en el fondo el verdadero señorito andaluz no se diferenciaba demasiado de sus trabajadores, ya que estos vestían de campo y tenían la misma mentalidad. Con la misma facilidad que el señorito se arruina y deja sus tierras en manos de usureros, el bracero que había cobrado altos jornales en la siembra o la recolección, se muere de hambre cuando no hay faena en el campo porque se gastó su dinero en ser, a su manera, un señorito.

En uno de sus recorridos por Andalucía, Chaves Nogales hizo de 'cicerone' de un periodista francés. En una ocasión llegaron a un pueblo y un pelotón de obreros les recibieron formando una barrera humana ante el coche y diciéndoles:

- “En este pueblo hay cuatrocientos obreros sin trabajo, los patronos se han marchado por no pagar. Estamos recaudando, como podemos, el dinero para no morirnos de hambre. ¿Con cuánto van a contribuir ustedes?”

- “¿Hace un duro?”, dijo Chaves Nogales

- “Hace. ¡Salud!”, se despidió el obrero.

Y con el dinero a buen recaudo los obreros dejaron marchar a los periodistas. El francés, indignado con lo que había visto, anotó en su cuaderno: “los revolucionarios atracan a los turistas y les imponen contribuciones”. Solo un día antes y por este mismo método le sacaron cinco duros al expresidente de la República Niceto Alcalá Zamora.

No fue lo único que hizo llevarse las manos a la cabeza al reportero francés, ya que cuando Chaves Nogales le llevó al barrio de Triana en Sevilla comprobó las particularidades del movimiento obrero. El día que los fieles se preparaban para realizar la peregrinación a la aldea de El Rocío vio que desde los balcones de todo el barrio colgaban pancartas en las que se incitaba a secundar la rebelión alentada por sindicalistas y comunistas. Era así cómo despedían a los romeros que iban a realizar el camino de El Rocío. Andalucía, todo un contraste.

martes, 1 de mayo de 2012

Guernica


Se acaban de cumplir 75 años del bombardeo de Guernica y a pesar del tiempo transcurrido es evidente el éxito que sigue teniendo la propaganda republicana. Tan solo unos días después del 26 de abril de 1937 la maquinaria propagandística antifranquista creó un mito que gracias al cuadro de Picasso -comenzado antes del bombardeo- ayudó a inmortalizarlo. Por eso es conveniente recordar algunos datos que hoy están contrastados por el grueso de la historiografía española. (Imprescindible la aportación de Jesús Salas Larrazábal).

¿Por qué nace el mito?: El mito nació cuando un periodista del Times escribió un artículo sobre los bombardeos y el director del periódico magnificó lo sucedido. La razón era sencilla: el gobierno británico -conservador- llevaba tres años queriendo incrementar los gastos destinados a Defensa pero los laboristas liderados por Attlee no eran partidarios de la medida porque pensaban que Hitler no estaría mucho más tiempo en el poder. Como el Times era conservador y afín al Gobierno presidido por Chamberlain, el director optó por magnificar los hechos de Guernica.

Víctimas: En Guernica murieron unas 120 personas (todas identificadas, por supuesto) y no las 3.000 e incluso 4.000 que señalaba la propaganda. Actualmente sigue habiendo historiadores -algunos con la posibilidad de poder difundir sus errores en periódicos de tirada nacional- que sostienen que fueron más de 1.500 los muertos en el bombardeo. Tampoco es verdad que arrojasen bombas sobre la población civil que se encontraba en el mercado. El bombardeo se produjo en lunes y, como es conocido, ese día no abría el mercado.

¿Por qué Guernica?: Guernica era un objetivo militar legítimo, ya que en el pueblo había tres batallones de gudaris. Allí se fabricaban bombas incendiarias, iguales a las que los Junker 52 alemanes arrojaron sobre el pueblo. Además más tarde se supo que había siete refugios antiaéreos, lo que demuestra que era un enclave estratégico importante y susceptible de ser bombardeado.

¿Bombardeo de precisión?: La propaganda republicana sostiene que el bombardeo se prolongó durante tres horas y que en el mismo se ametralleó a la población civil con armas de precisión. Falso. El bombardeo de precisión no existía, pues todavía en 1941 los británicos elaboraron un informe acerca de sus propios bombardeos y resultó que sólo un tercio de lo que arrojaban sobre los alemanes caía a menos de 8 kms. de sus objetivos. Es el Informe Butt y cualquiera puede consultarlo en un manual de Historia.

¿Hubo más Guernicas? Los hubo en los dos bandos y, por su puesto, con muchas más bajas. Los primeros que comenzaron los bombardeos aéreos fueron los republicanos. En las primeras horas del alzamiento militar bombardearon varios puntos de la provincia de Cádiz y las plazas del norte de África. Más tarde Cáceres y Cabra (sin ningún interés militar) también fueron bombardeadas. En Durango, bombardeada por los nacionales, hubo más bajas que en su vecina Guernica. Los vecinos de estas otras ciudades españolas pasaron al olvido. Ni pintores ni propagandistas jamás se acordaron de ellos.

miércoles, 25 de abril de 2012

Fe a prueba de bombas



La mañana en la que los militares serbios llegaron al pequeño pueblo bosnio de Stara Rijeka, hacía algo más de tres meses que la guerra en Bosnia había comenzado. Ese día, 23 de julio de 1992, las fuerzas serbias se llevaron a ciento seis hombres católicos de la aldea, entre los que se encontraba el sacerdote Ilijo Arlovic.

Las dos semanas que siguieron a la captura fueron un infierno para el padre Ilijo y los feligreses que estaban con él. Las palizas y humillaciones a las que fueron sometidos eran el pan de cada día. “Recibí más de trescientos golpes con un bate de béisbol. Me tiraban al suelo cada noche y bailaban -literalmente- sobre mi cuerpo cantando canciones marxistas”. El resultado de las torturas: siete costillas fracturadas y varias vértebras dislocadas.

Sin embargo, el dolor físico no fue lo que más dolió al padre Ilijo Arlovic. Lo más duro fue ver cómo asesinaban a setenta y siete fieles en una parroquia sin poder evitarlo. Los serbios mataron a familias enteras -niños, mujeres, ancianos...- hasta no dejar con vida a todo aquel que se encontraba en la iglesia. “Lo más doloroso fue no morir con ellos”, recuerda. Al terminar la guerra, el sacerdote volvió a aquel lugar y se encontró con una ciudad fantasma de casas destruidas, una iglesia calcinada y un cementerio con setenta y siete tumbas.

A pesar de las heridas que dejó el conflicto, el padre Ilijo demostró que para que fructificara una reconciliación había que predicar con el ejemplo. Y vaya si lo hizo. A su parroquia acudió uno de los hombres que desveló a los serbios en qué casas vivían los católicos. Recurrió a él porque pasaba hambre y necesitaba trabajo. El sacerdote le perdonó por lo que había hecho y le dio trabajo. “Le perdoné porque soy sacerdote de Jesucristo y gracias a él perdoné a asesinos y a mis torturadores. Si no le hubiese hecho, no sería sacerdote de Jesucristo”.

Lo de perdonar también lo aprendió sor Irene. Fue cuando se convirtió en monja de clausura en el convento de los Carmelitas de Sarajevo. Antes de eso, la guerra le había sorprendido en su ciudad natal, Vukovar, una ciudad croata a escasos kilómetros de la frontera con Bosnia y Serbia. La Stalingrado croata, como se la llamó entonces, sufrió el asedio de las fuerzas yugoslavas durante ochenta y siete días entre agosto y noviembre de 1991.

En Vukovar vivían 45.000 habitantes con una mayoría de croatas católicos y cerca de un tercio de serbios ortodoxos. Los bombardeos que mantuvieron en vilo día y noche a los croatas provocaron miles de víctimas, aunque el cese de los mismos no acabó con el martirio, ya que la llegada del Ejército Popular Yugoslavo sembró verdadero terror entre los croatas. La joven Irene comprobó cómo se las gastaban los paramilitares serbios: su padre y su hermano fueron torturados en una prisión improvisada. “Sabía que estaban vivos porque oía sus gritos desde el exterior”.

Antes de que las tropas serbias abandonaran Vukovar, Irene se enteró de la peor noticia de su vida: su padre y su hermano habían sido asesinados. La joven tenía trece años y, a partir de ahí, empezó a plantearse “una serie de cuestiones sobre la vida y la muerte”. La guerra terminó y ella se hizo adulta. Pronto comprendió que no podría vivir en paz si no perdonaba a los asesinos: “empecé a plantearme la vocación”. Esta se concretó en el convento de los Carmelitas de Sarajevo, lugar en el que se convirtió en Sor Irene y en el que aprendió a perdonar.

La tarea no era sencilla, pues no olvidaba a los asesinos de su padre y de su hermano. “Yo puedo tener la voluntad de perdonar pero luego no ser capaz de ello. El perdón es un don de Dios, y Él me lo concedió. No ha sido fácil, ha sido el fruto de años de clausura y de oración en silencio”.

Incluso para los que entonces eran unos niños resulta complicado olvidar los horrores de la guerra. Es el caso de Hervoje Vranjes, quien huyó junto a su familia de la aldea bosnia de Rostovo cuando solo tenía cinco años. Escaparon a Croacia de una muerte más que probable a pesar de que sabían que lo perderían todo. Atrás dejó una infancia marcada por los bombardeos y un pueblo de campesinos en el que musulmanes, ortodoxos y católicos habían convivido sin mayores problemas.

A Hervoje Vranjes -como a los de su generación- las circunstancias le hicieron madurar más rápido de lo normal. Desde luego, a capear el temporal le ayudó la fe, de la que entonces no se ha separado. “Me hizo fuerte y lo más importante es que con ella siempre he podido vivir sin odiar”. Los peores tiempos -asegura- vinieron en la posguerra, pues aún había mucho odio acumulado.

La reacción tardía de las potencias occidentales ante un conflicto que se desarrolló a una distancia de apenas una hora en avión desde Roma, alimentó el sentimiento de desconfianza hacia Europa de toda una generación. Hervoje Vranjes reivindica “el amor de Dios” frente “al consumismo de los chicos de los países ricos cuyo ideal, en general, es la fiesta y el dinero”.

Aunque la fe le viene de familia, fue la posterior influencia de los padres franciscanos -a los que conoció tras su marcha de Rostovo- la que ha resultado decisiva en su vida. Y es que su siguiente refugio -nunca mejor dicho- fue el seminario franciscano de Sarajevo, en el que encontró -dice- el sentido de la vida y a sesenta jóvenes que habían llegado en iguales o peores circunstancias que él. Estaban unidos por el horror y, sobre todo, por la fe.

En el camino hasta convertirse en franciscano, Hervoje tuvo que deshacerse de algunas cosas que le pesaban en su conciencia, como sus malos sentimientos hacia los musulmanes. “No siempre pensé en perdonarles, ni dije que les amara. Sin embargo, desde hace unos años siento diferente: si no perdono, no puedo vivir. Eso fue Cristo, amor y perdón desde el dolor injusto de la cruz”.

miércoles, 18 de abril de 2012

Solo le faltó morir en la plaza


Se abrieron los portones de la Real Maestranza de Sevilla y por ella aparecieron Morante de la Puebla, José María Manzanares y Daniel Luque. Fue el pasado 8 de abril, en la corrida del Domingo de Resurrección. Al acabar el paseíllo los diestros se detuvieron ante el palco de la presidencia a presentarle sus respetos para, a continuación, unirse al minuto de silencio que guardó el público y que se rompió cuando una voz procedente de uno de los tendidos de sol gritó “¡Viva Belmonte!”.

Fue el homenaje que le rindió, cincuenta años después de su muerte, la plaza que tantas veces le vio salir a hombros por la puerta del Príncipe camino de Triana. Desde luego, no fue una tarde de gloria la que tuvo lugar en una de sus primeras actuaciones en la Maestranza. Belmonte, entonces un novillero de aspecto desgarbado, no lograba matar al segundo novillo de su lote. Colmada la paciencia del presidente, este dio el tercer aviso para que los cabestros se llevaran al animal. Belmonte, frustrado, cogió al toro por los cuernos y le gritó: “¡Mátame, asesino, mátame!”.

A decir verdad Belmonte perdió pocas veces los nervios, porque siendo un imberbe aprendió una lección que resultaría fundamental en su carrera. Sucedió en una de las noches de toreo clandestino en las dehesas de Tablada. El aprendiz de torero se quedó solo y fue alcanzado por un guardia armado: “Tú eres uno de los granujas que me roban la lancha para cruzar el río”, le dijo. Belmonte apartó de un manotazo la pistola y le contestó: “¿Y usted de qué me conoce a mí para tutearme?” Desde entonces se convenció de que en la vida -como en el toreo- lo primero es saber parar.

Bajo esa premisa y el rechazo de tópicos como “más cornás da el hambre”, Juan Belmonte fue haciéndose un hueco en el escalafón taurino. Con el primer dinero ahorrado se compró una casa en Madrid en la que pasaba largas temporadas. Allí frecuentó el Café de Fornos, lugar de reunión de artistas e intelectuales. En poco tiempo pasó de robar naranjas de las huertas sevillanas a codearse con artistas y algunos de los miembros de la Generación del 98: Valle-Inclán, Pérez de Ayala, Enrique de Mesa, Sebastián Miranda...

Belmonte no tardó en cautivar a los intelectuales, en especial a Valle-Inclán, quien en una ocasión le dijo: “Juanito, no te falta más que morir en la plaza”. Belmonte, sin inmutarse, tiró de gracejo: “se hará lo que se pueda, don Ramón”. Célebre fue también el incidente que protagonizó el dramaturgo en un restaurante cuando rendían un homenaje al torero. En el momento que los comensales se disponían a sentarse, Valle-Inclán obligó a gritos al dueño del restaurante a colocar la mesa en un lugar acorde a la categoría del torero. “¡En el sitio de honor, badulaque!”, le reprochó.

El contacto con los intelectuales de la época avivó la afición de Belmonte por la lectura. Dicen que en la temporada 1919 -en la que batió el record de corridas, toreando en 109 ocasiones- llegó a leer noventa obras. Sus preferidos eran Stendhal y Dostoievski, aunque fue una novela de Anatole France la que le mantuvo tan enganchado que se negó a torear una tarde porque no se la había terminado.

Pero si por algo pasó a la historia Juan Belmonte, fue por transformar el viejo axioma de “o me quito yo o me quita el toro” en la máxima belmontina de “ni me quito yo ni me quita el toro, porque sé torear”. Desde luego, no le resultó una tarea fácil derribar la verdad oficial; cada vez que toreaba, los críticos de la época le decían que su rompedora manera de lidiar le llevaría pronto a la muerte. Tal cosa no sucedió a pesar de los vaticinios, incluso de alguno de sus compañeros, como Rafael Guerra Guerrita, quien también le auguraba una vida corta.

Para demostrarle al mundo taurino de la época el error en el que vivían, tuvo que vérselas nada menos que con la figura del momento: Joselito El Gallo. La rivalidad que mantuvieron entre 1913 y 1920 fue bautizada como la Edad de Oro de la tauromaquia. Una rivalidad que belmontistas y gallistas avivaron en una dualidad irreconciliable que solo cesó con la muerte de Joselito.

La exitosa temporada 1920 de Belmonte y El Gallo crispó a un sector de la afición, que pensaban que ya no se arrimaban como antaño. El 15 de mayo ambos compartían cartel en Madrid y unos aficionados se acercaron al patio de cuadrillas a increparles: “¡estafadores, ladrones!”. Belmonte, con el temple marca de la casa, se acercó a uno de ellos y le dijo al oído: “y si le robamos, ¿por qué no nos denuncia usted a la policía?” Tras la corrida los dos prometieron no volver a torear en Madrid durante un tiempo. Joselito rompió su contrato y al día siguiente toreó en Talavera de la Reina. Su decisión sería fatal, pues allí encontraría la muerte.

El trágico desenlace de su amigo y rival agudizó el carácter ciclotímico del torero de Triana, que desde entonces atravesó largos momentos de depresión que, curiosamente, no le impidieron cuajar grandes faenas llenas de sentimiento y transmisión. “Gallo me ha ganado, ha muerto en la plaza”, repetía desconsolado. Su final, muy distinto al que hubiera deseado, llegó al filo de los setenta años en su finca de Gómez Cardeña. Tras pasar una mañana acosando becerras, El Pasmo de Triana se quitó la vida de un disparo en la sien (dicen que en la cicatriz de una cornada).

Atrás quedó una carrera de leyenda. Y una predicción. En una entrevista con el periodista Chaves Nogales en los años treinta, Belmonte predijo que serían los socialistas quienes prohibirían los toros en España. Lo que nunca imaginó es que sería un andaluz y, además, taurino (Montilla), quien diera el primer paso.

Fiesta para todos



Mencionar Udmurtia es mencionar uno de los lugares con mayor industria militar del mundo. En su capital Izhevsk, Mijaíl Kalashnikov inventó durante la Segunda Guerra Mundial el rifle de asalto más famoso del siglo XX: el AK-47. Perdida entre los montes urales, la república rusa de Udmurtia es también conocida por ser uno de los territorios más ricos en petróleo del país.

Desde hace algún tiempo los medios de comunicación hablan de una aldea y no es por haber fabricado un nuevo sofisticado fusil. No. Las culpables han sido ocho octogenarias de un pueblecito llamado Buranovo que van a representar a Rusia en el próximo festival de Eurovisión. De momento, ya han revolucionado al país entero y a los internautas de toda Europa con su canción Party for everybody . Son las abuelas Buranovskiye Babushki.

Para explicar el salto a la fama de las abuelas hay que remontarse a lo que sucedió en Buranovo en 1939. Entonces hacía más de dos décadas que la revolución bolchevique había triunfado y algo más de diez años que Stalin gozaba de un poder absoluto. En esa coyuntura la persecución religiosa se recrudeció y miles de iglesias desaparecieron del vasto territorio soviético, entre ellas la de Buranovo.

Desde entonces sus seiscientos vecinos no tienen la posibilidad de acudir a misa a no ser que sea desplazándose hasta la iglesia más cercana. Esto, la cercanía, casi parece un eufemismo teniendo en cuenta los cuarenta kilómetros que hay de distancia. Otra dificultad aún mayor es la de enfrentarse a las carreteras cubiertas por la nieve en los largos y fríos inviernos -con una media de 13 grados bajo cero- que ponen a prueba las ganas de los fieles por asistir a misa.

Han soportado la peor de las guerras posibles, años de pobreza y miseria, una larga persecución religiosa y haber vivido bajo un régimen totalitario. A pesar de que ha pasado mucho tiempo desde entonces las abuelas no olvidan cómo se las gastaba José Stalin. Bajo el comunismo ejecutado por El Hombre de Acero se desató una gran persecución religiosa en la que desaparecieron muchas iglesias, y las que no se destruyeron se convirtieron en museos del comunismo.

Las ocho de Buranovo forman parte de la generación que nació después de la transformación de la Rusia zarista y ortodoxa en el Estado ateo proclamado por Stalin. El dictador georgiano solo relajó la presión sobre la religión cuando la Unión Soviética estaba ocupada por Alemania durante la Segunda Guerra Mundial. Stalin -que sabía que gran parte de la población seguía manteniendo su fe y necesitaba contar con todos para derrotar a los alemanes- ordenó la reapertura de las iglesias y permitió que los sacerdotes ortodoxos bendijeran a los soldados que volvían a mostrar imágenes de santos.

Todo ese pasado es el que las abuelas Buranovskiye Babushki quieren enterrar para siempre, de ahí su afán por reconstruir la iglesia de Buranovo y saldar cuentas con la Historia. Se acuerdan de todos los sacerdotes, religiosos y laicos que fueron obligados a renegar de su fe. “Ese es nuestro objetivo, esperamos un poco de ayuda divina”, señalan.

Las ocho abuelas -de las cuales solo podrán actuar seis- que acudirán a Eurovisión cantarán en la lengua local, el udmurtia, pero también en inglés. Entre todas suman más de quinientos años, cosa que no les ha impedido derrotar a otros veinticinco aspirantes. A medida que han ido superando las rondas su fama aumentaba al tiempo que el público mostraba cada vez más entusiasmo. Si superan la primera semifinal -que se celebrará el 22 de mayo- acudirán cuatro días después a la gran final de Baku en Azerbayán.

Las abuelas han generado mucha simpatía en todo el país que ahora tararea una canción de ritmo ethno-pop y letra pegadiza. Party for everybody se ha convertido en un fenómeno de masas: en internet las abuelas tienen videos que superan el millón de visitas y las televisiones rusas hablan de las simpáticas octogenarias prácticamente a diario. En el resto de Europa los medios de comunicación han seguido la tendencia rusa y han divulgado con detalle la historia de las mujeres de Buranovo.

Las seis octogenarias aparecen en el escenario vestidas con los trajes típicos udmurta -unos vestidos de color rojizo a cuadros, un pañuelo recubriendo la cabeza, unas pequeñas medallas alrededor de la frente y una especie de medallón dorado colgado del cuello-. Entonces comienzan a cantar aquello de “fiesta para todos, baila/ venga, baila/ venga boom, boom” y el público se entrega entusiasmado.

Las abuelas han pasado de lanzarse en trineo, ordeñar cabras y preparar vodka casero en las gélidas tierras udmurtas a ser consideradas por las casas de apuestas como las segundas con más opciones de llegar a la final. De momento, se lo toman con tranquilidad. “Seguimos plantando patatas y alimentando ganado. Sabemos que el interés por nosotras puede evaporarse en cualquier momento, no necesitamos gloria ni riquezas. Somos gente tímida, no nos gustan los alborotos”. Pues menos mal.

lunes, 9 de abril de 2012

Sevilla tuvo que ser




Corría el año 2001 y el olor a azahar que embriagaba las calles de Sevilla anunciaba la inminente llegada de la Semana Santa. En la Hermandad del Amor, su hermano mayor, José Álvarez, llevaba un par de semanas recibiendo en la Casa-Hermandad a los fieles para entregarles la papeleta de sitio que les daba derecho a salir en la procesión del Domingo de Ramos.

Hasta allí llegó una señora, madre de dos hijos, con la intención de retirar ambas papeletas. José Álvarez le preguntó si los niños llevarían cirio o vara. La mujer, suspiró: “Enrique cirio, pero Pepito no llevará nada”. “¿Cómo qué nada?”, replicó Álvarez. “He dicho que Pepito no llevará nada”, repitió la señora. El hermano mayor, sin entender la insistencia, le explicó que no era posible salir sin cirio o vara. Entonces, la mujer explotó: “Pepito no llevará nada porque hace siete días que se marchó al cielo y me gustaría que hiciera la estación de penitencia desde allí”.

El hermano mayor, emocionado, decidió que ese Domingo de Ramos la túnica del pequeño estuviera en el paso del Cristo del Amor.

Una historia parecida tuvo por protagonista a un niño de nueve años del colegio Claret. Conocido por su temprana devoción a la Virgen de la Encarnación de la hermandad de San Benito, el pequeño murió de leucemia el día después de la festividad de la Virgen. Una profesora del colegio llamó a Radio Sevilla solicitando a la Hermandad una túnica para amortajar al niño. La Hermandad, sintiéndolo mucho, no pudo satisfacer el deseo de la profesora pues carecían de ella.

Un rato después la propia Hermandad llamó a la emisora anunciando que una mujer, sin saber nada del asunto, había solicitado una túnica mayor de la que le había sido entregada, pues “a su hijo le quedaba pequeña la del año pasado”. De esta forma, el fervoroso niño de nueve años pudo ser amortajado con la túnica blanca de San Benito.

Otro episodio bien conocido en la tradición cofrade fue el que le ocurrió a Juan Araújo, exfutbolista del Sevilla y apodado 'el pato' por su peculiar manera de correr sobre los talones. Tras retirarse del fútbol, acudía a diario a la Basílica de San Lorenzo a pedirle al Cristo de El Gran Poder que le ayudara a sanar la enfermedad de su hijo. Tiempo después el hijo de Araújo murió y éste regresó ante la imagen del Cristo a recriminárselo: “no me has ayudado, que sepas que ya no vendré a verte más, a partir de ahora si quieres verme vas a tener que venir a mi casa”.

Unos veranos después, el cardenal de Sevilla propuso que algunas hermandades fueran de misiones a los barrios de la ciudad. Entre ellas, El Gran Poder. De pronto, una tormenta sorprendió a los miles de fieles que acompañaban al 'Señor de Sevilla' y, entre el tumulto, alguien observó un garaje del que emanaba una luz. Llamaron y una voz respondió: “¿quién va?”. Los cofrades contestaron: “el Cristo de El Gran Poder pide cobijo en tu garaje”. La puerta se abrió y el Cristo entró. El hombre, impávido ante lo que veía, cayó de rodillas llorando como un niño. Era el 'pato' Araújo.

Eran las cinco de la 'madrugá' y miles de personas se agolpaban en la calle Francos esperando la inminente aparición de la Esperanza Macarena. El redoblar de tambores de la centuria romana cesó y, por un instante, se oyó el canto de un gallo en una azotea cercana. Un segundo canto provocó un intenso murmullo entre la gente. Poco después llegó el tercer canto del gallo y un sobrecogedor silencio se apoderó de toda la calle. ¿Pensarían acaso que ese mismo día veinte siglos antes ya había sucedido lo mismo en Jerusalén?

En 1932 no eran necesarios tres cantos de gallo para negar a Cristo. Ese año la amenaza de las hordas anticlericales de reventar las procesiones, provocó que solo la Hermandad de la Estrella -desde entonces 'la valiente'- fuera la única que procesionara. Otro que no se arrugó fue Enrique, un peluquero que mostraba orgulloso en su negocio un cuadro de la Virgen de la Esperanza Macarena. Un día un cliente le exigió que quitara el cuadro si no quería “llevarse un disgusto”. “Antes que quitar a la Macarena cierro la barbería”, respondió el peluquero.

Otra de las vírgenes más veneradas en Sevilla, la Amargura, es muy conocida por estar acompañada en la paso por San Juan. Sucedió que cuando fue coronada canónicamente la imagen de la Amargura iba sola en el paso y no, como de costumbre, acompañada de San Juan. En una de las 'levantás' (momento en el que el capataz ordena a los costaleros cargar el peso del paso sobre sus hombros) el paso fue elevado -a pulso- con tanta lentitud y aplomo que uno de los devotos, emocionado, no pudo contenerse: “lo que se ha perdido San Juan”.

Pero no solo de procesiones vive el cofrade sevillano. En el besamanos de la Virgen del Carmen apareció un padre con su hijo en brazos. El hombre besó las manos de la Virgen y, tras unos momentos en los que parecía meditar, tomó de su hijo un anillo que, después de besar, le colocó en el dedo al Niño Jesús. “Ella salvó a mi hijito y que su anillo sea para su hijo Jesús!”, reconoció para asombro de los los fieles que presenciaron la escena.

En otra cola, esta vez la del besapiés de la Capilla del Cachorro, un joven miembro de la Hermandad permanecía al lado del Cristo con la misión de limpiar con un pañuelo los pies del Señor tras los besos de los fieles. Se formó una larga cola y las tres primeras personas -familiares del joven- que pasaron ante la imagen del Cachorro besaron al chico tras hacer lo propio con el Cristo. Nada extraño si no fuera porque las siguientes quince mujeres que aguardaban en la cola también besaron al joven creyendo que era parte del protocolo.

Eso, el protocolo, es lo que se saltó un nazareno ante Alfonso XIII. En una visita en Semana Santa, el Rey presidía el palco de la plaza de San Francisco en plena Carrera Oficial. Al paso de las cofradías, la presidencia de la Hermandad y el cuerpo de acólitos debían inclinarse levemente ante el soberano. El responsable de portar la manguilla no podía inclinarse por miedo a que ésta se le cayera, así que la sujetó con la mano izquierda mientras que con la derecha saludó -doblando varias veces los dedos- a Alfonso XIII. El Rey devolvió el saludo entre risas.

No es la única historia en la que aparece la Familia Real. Siendo alcalde de la ciudad Antonio Hermosilla, los entonces príncipes Don Juan Carlos y Doña Sofía recorrían el barrio de Santa Cruz. Al llegar a la plaza de Doña Elvira, el alcalde, haciendo las veces de cicerone, les señaló su casa y les dijo: “aquí vive el pregonero”. “¿Y quién es ese?”, preguntó Doña Sofía. “Pues hoy, en Sevilla, salvado la personalidad de sus altezas reales, la persona más importante de la ciudad”.

Pero si de importancia se trata, nadie como el Papa. Cuando el cardenal Ribieri -nuncio de Pablo VI en España- asistió a los actos preparativos de la coronación de la Macarena, los hermanos le propusieron que gestionara una visita del Papa a Sevilla para la coronación. Los hermanos más antiguos de la hermandad aún recuerdan la genial respuesta de Ribieri: “no es posible puesto que los romanos se opondrían. Temerían el que, una vez en Sevilla, el Papa no quisiera regresar más a Roma”.

Un año, durante la llegada de la Hermandad de la Borriquita -muy popular por ser la de los niños- a la plaza de San Francisco, uno de los diputados de tramo ordenó a los nazarenos “pegarse” (en el argot cofrade quiere decir “juntarse”). Poco después el Hermano Mayor, que pasaba por allí, vio que dos niños se peleaban a varazos. Se acercó a ellos y les dijo “¿qué estáis haciendo?” Uno de los pequeños le respondió “usted a mí no me diga nada, que hace un momento ha venido un señor con antifaz y túnica negra y nos ha dicho que nos pegáramos”.

Otra escena simpática fue la que protagonizó un abogado que defendió a una conocida saetera. La señora, agradecida por haber sido absuelta de todos los cargos, le preguntó al abogado cuánto le debía por la defensa. Manolo, reconocido cofrade, contestó: “con una saeta en la plaza del Museo a mi Cristo me considero pagado”.
 
En la Semana Santa de 1916 el torero Joselito “el Gallo” acompañó al paso de la Virgen de la Esperanza Macarena durante todo el recorrido. En el interior de la Catedral, el torero sevillano le preguntó al mayordomo de la cofradía cuánto costaría comprar un varal de oro para el paso de la virgen. “Mucho, mucho dinero, José”, le dijo. “Pues como ella me dé vida lo va a tener”. Joselito moriría corneado cuatro años después y la Esperanza Macarena se quedaría sin su varal de oro.

miércoles, 21 de marzo de 2012

A sangre y fuego



Valencia, jueves 16 de febrero. Por segundo día un grupo de jóvenes corta la calle en protesta por los recortes que la Generalidad Valenciana ha realizado en materia educativa. La detención de un menor el día anterior ha caldeado los ánimos de los estudiantes que continúan -sin autorización- ocupando la calle. En esta segunda jornada los antidisturbios detuvieron a seis manifestantes. Entre ellos a Alberto Ordóñez, estudiante de Integración Social (FP superior) y presidente de la Federación Valenciana de Estudiantes de Enseñanzas Medias (Faavem).

El líder estudiantil fue arrestado acusado de resistencia, desobediencia, atentado a la autoridad y hurto, ya que le quitó la gorra a un policía durante un forcejeo. Tal comportamiento le condujo al calabozo. “La Delegación del Gobierno tuvo la idea de atajar esas protestas haciendo un desfile paramilitar y se encontraron con que los estudiantes no íbamos a parar, y la espiral de violencia fue en aumento” , se justifica Ordóñez.

Echar un vistazo a su perfil en facebook es dar la razón a aquellos que le tachan de radical. Su muro en la red social es toda una declaración de intenciones, ya que es admirador de Amaiur, Fidel Castro y Hugo Chávez. “Sí, lo que yo escribo ahí es personal, una ideología al margen de la federación de estudiantes. Tengo mis opiniones como las puede tener cualquier otro”, explica para ALBA. Uno de los mensajes escritos en su tablón decía así: “los derechos no se mendigan, se conquistan con violencia”.

Pero la osadía tiene un precio y el joven se dio cuenta de ello al recordar que en su muro de facebook había escrito algunas cosas que podrían meterle en un lío. Por entonces ya había aparecido en los telediarios con exigencias a la policía -“si no liberan a los detenidos esta lucha es de sangre y fuego”-. Alberto dio un paso atrás y borró algunos comentarios. Como el que le dedicó a Esperanza Aguirre cuando esta dijo que la educación no debería ser ni gratuita ni obligatoria: “esta gente debería mirar siempre debajo del coche al salir de su casa”, escribió el joven.

Unos días después de las revueltas callejeras, el líder de los socialistas valencianos, Jorge Alarte, invitó a Alberto Ordóñez a seguir una sesión en las Cortes valencianas. Alarte, que perteneció de joven a la Faavem, pidió un aplauso del hemiciclo para el líder estudiantil. La popularidad de Ordóñez fue en aumento y la siguiente en fotografiarse con él fue la propia delegada del Gobierno. El joven, envalentonado, le entregó un decálogo en el que explicaba, según Ordóñez, cómo se tienen que comportar los policías en las “manifestaciones pacíficas”.

A la salida de la reunión aún dejó algunos recados más para la policía. “Es curioso que los jóvenes tengamos que dar lecciones de democracia a los policías”, señaló. Porque para él, las escenas vividas en Valencia fueron “típicas del franquismo, similar a cuando nuestros padres y nuestros abuelos luchaban contra los grises”. Del mismo modo, se lamentó de que no hubiera depuración política por los disturbios. “En este país no existe la justicia”.

La actitud y las consignas de Alberto Ordóñez no han tenido un apoyo unánime entre el sector estudiantil. La Asociación Valenciana de Estudiantes (Asvaes), que preside Benjamín Velasco, se opuso a las revueltas callejeras desde el principio. Bajo la creación de la etiqueta #NoSomosGrecia en twitter, Velasco desmarcó a su asociación de Faavem. “Creíamos que sentaban un precedente muy peligroso, sobre todo porque los recortes sólo afectaban a un colectivo, y este no era el de los estudiantes”.

Otra de las cosas que no gustó a Velasco fue que la Consejería de Educación valenciana y la delegación del Gobierno se reunieran con Ordóñez. “Al recibirlos y tomar el documento les estaban dando alas. Ya les advertimos de que le estaban dado oxígeno a un muerto. Cumplieron la fantasía de todo chico de izquierdas: presentarse delante de los poderes públicos y plantearles una serie de exigencias”.

A pesar de que ahora trate de justificar su comportamiento -“lo de la lucha a sangre y fuego fue un momento de alteración, de brutalidad policial que se escapaba a lo que yo creía que era la democracia en España”-, Ordóñez deberá enfrentarse a la denuncia que le ha puesto la Confederación Española de Policía (CEP). El sindicato policial considera que el presidente de Faavem ha sido el cabecilla de las revueltas y que ha alentado “a realizar hechos delictivos”.

Esta denuncia y las treinta horas que pasó en un calabozo tras la detención en una de las jornadas de violencia callejera le han forjado un perfil de tipo duro que contrasta con el rol que ha desempeñado como líder de Faavem. Como tal nunca destacó por su carácter combativo ni por sus propuestas respecto a los asuntos del alumnado. Ordóñez llegó a presentar dos enmiendas para incluir los artículos 'los' y 'las' delante de cada sustantivo. Ni siquiera 'su' gente apoyó la iniciativa.